Mostrando entradas con la etiqueta zona arqueológica. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta zona arqueológica. Mostrar todas las entradas

domingo, 30 de octubre de 2016

Bañados del Pantano

Salimos desde la ciudad de Aimogasta (La Rioja) a las 9 AM, y a los 10 minutos ya estábamos circulando sobre una pequeña huella por la cual nos internaríamos en esta enorme depresión que comparten (y separa a) las provincias de La Rioja y Catamarca.

Dos de las camionetas vienen con retraso. Los Tucumanos que tuvieron que madrugar y Gaby que está en el pueblo comprando los ingredientes para un locro que se iba a convertir en la pesadilla de los próximos días. Como un cuerpo del Ejército Prusiano dimos inicio a la travesía con puntualidad entrando por un lugar diferente al de mi primera visita, haciéndolo esta vez por las afueras de la localidad de Machigasta. La zona aquí es de un aspecto deplorable y post apocalíptico, con sequedad extrema, árboles muertos caídos y otros aún en pie, con mas de un metro de sus raíces expuestas a las inclemencias del tiempo. En los primeros kilómetros se suma la basura de los habitantes y otra quizás arrastradas por las crecidas de los ríos durante los meses de verano, cuando llueve.
Media hora mas tarde, y siempre comunicados por radio, nos juntamos con el resto del grupo, y tras los saludos avanzamos en fila hacia los Bañados del Pantano.

11.15 AM se pierde definitivamente la huella por la que venimos circulando, y es que el monte la ha desaparecido. Encerrados entre tanta maleza pudimos acercarnos hasta el lecho de un río, pero a lo poco de transitarlo este dejo de ser evidente. Estamos en uno de los límites entre Catamarca y La Rioja tratando de avanzar en sentido norte para llegar, sólo por capricho, a ver un poco del Salar de Pipanaco.
Eso le suma algunas marcas a nuestras camionetas mientras vamos literalmente tumbando árboles muertos y pasándoles por encima. Nos cuesta las primeras encajadas y también pinchaduras. A la postre no tenía sentido seguir avanzando así que volvimos sobre nuestros pasos ya en búsqueda de un lugar con un poco de sombra en donde seguir dándole rienda suelta al lado culinario de nuestros viajes. Así fue cómo a lo poco estábamos bajo la sombra de un algarrobo, con salame, queso con especias, pan fresco y ensaladas típicas de esas que vienen en lata. Un lujo.
Cerca de las 16 horas estábamos llegando al Fuerte del Pantano, sin lugar a dudas el "plato fuerte" de la zona.
En este Monumento Histórico Nacional (desprotegido y descuidado) hicimos un alto para que quienes no habían estado aquí antes puedan conocerlo. Don Eduardo Cinicola aprovecho la oportunidad de sacar a pasear a su nuevo drone (y ocasional copiloto), logrando unas buenas tomas de las alturas de esta zona, con nuestras diminutas camionetas allá abajo y a lo lejos.
Cuando tuve la oportunidad de conocer esta inhóspita zona de la mano de expertos, y con la compañía de nuestro amigo y arqueólogo Aldo Lombardi, no dude en formar parte de la partida. Aldo ya no está fisicamente con nosotros, pero fue él quien nos trajo de vuelta a este lugar, uno de sus preferidos, y al que le dedicó mas de 30 años de su vida. Hoy estábamos metiéndonos en esta zona para brindar todos juntos en su memoria. Para ello esperaríamos un día mas, en el primer año de su muerte.
El Fuerte del Pantano es una antigua construcción de 1632 mandada a construir por el Coronel Jerónimo Luis de Cabrera, nieto del fundador de Córdoba. Su propósito era albergar a unos 40 soldados españoles para defender la zona de las parcialidades indígenas locales. Puedes leer mas de cuando visitamos este sitio el año pasado Buscando la ciudad perdida del Pantano .
Desde el Fuerte del Pantano y con el sol pegando bastante duro nos fuimos hasta un conjunto de médanos (todos marcados y relevados en viajerosmapas.com) en donde no faltaron algunas encajadas, casi cómo a propósito, como para ponerle calor y color al día.
¿Fue todo culpa de la Land Rover Defender? Es probable (y esto lo digo con humor, por supuesto). Fue la primera en encajarse. Al verla en esa posición salí a su rescate sin pegarle una mirada previa al terreno, y a los 5 metros de salir me encajo también. Es entonces Gaby quien sale al rescate de la Defender en su Toyota Hilux SR5. Con trabajo de pala y con el apoyo de las planchas de desatasco la hacen salir. Cuando viene por mi, pega una errada marcha atrás de la que no se puede recuperar, quedando con los ejes cruzados y encajado.
Con dos eslingas atadas intentamos sacar mi camioneta hacia atrás, y al segundo intento era Nacho quien en su Toyota SW4 había enterrado sus ruedas casi hasta los ejes. Tres camionetas encajadas al mismo tiempo.
Desde ahí y con el sol escondiéndose en las primeras nubes del día nos fuimos al médano mas grande del área para treparlo por su cresta y obtener las mejores vistas posibles del lugar (a excepción de las logradas por el drone). Ahí fue Denis el que encajó su camioneta . Con un pequeño empujón la sacábamos hacia atrás, y se ve que los muchachos tienen fuerza, pues luego del esfuerzo grupal habían logrado correr el bumper delantero (paragolpes) desencajado la puerta de la Toyota Land Cruiser, e imposibilitando el ingreso de su piloto estrella.
Como si todo hubiera estado calculado, llegamos en la mejor hora al último destino del día. En el mismo lugar del año pasado, a unos 150 metros de los restos que se conocen como "Iglesia Pintada" y protegidos por pequeñas dunas, armamos nuestro campamento. En ese momento y por un rato soplaba viento y hacía incómoda la tarea del armado de las carpas y otros menesteres.
Con una lona de protección armamos un lindo fuego con maderas resecas que abundan en la zona. Para cuando tiramos la carne al asador, el viento había desaparecido. Estábamos en completa armonía con el lugar bajo un generoso manto de estrellas. Para hacer de esa noche una inolvidable, Denis trajo un costillar, un matambrito, un montón de mollejas excelentemente preparadas, todo eso acompañado por tres ensaladas (de tomate, repollo y mixta) y tantas botellas de vino que temíamos por los días futuros de esta travesía.
Fue una sobremesa bien larga, cargada de risas y anécdotas. En eso vimos una luz rara en el cielo.

domingo, 18 de septiembre de 2016

Ruinas de San Ignacio Miní de día y de noche

Las Ruinas de San Ignacio Miní en la provincia de Misiones son las mas famosas y mejor conservadas de todas las reducciones jesuíticas que existieron en Argentina. Las mismas son Monumento Nacional desde 1943 y Patrimonio de la Humanidad UNESCO desde 1984. Se encuentran a unos 60 kilómetros de Posadas, la capital provincial, con la cual está muy bien comunicada por la Ruta Nacional Nº 12.
Lo mejor si se viene haciendo un recorrido por la provincia es dejar San Ignacio Miní para el final. Si llegan desde alguna de las otras reducciones jesuíticas de la zona (y sería un "pecado" no hacerlo), enseguida notaran cuanto mas grande es la estructura de San Ignacio Miní, y cuantos mas visitantes recibe en comparación a las otras reducciones vecinas.
Luego de pagar la correspondiente entrada se accede a un centro de interpretación en donde hay fotos, dibujos, muñecos y maquetas que explican la disposición que tenía la reducción, y todo lo referente a su modo de vida, costumbres e historia, pero lo mejor esta apenas salimos.
La Misión de San Ignacio fue originalmente fundada en 1610, en la Región del Guayra (actual estado de Paraná, en Brasil) por los padres Simón Masseta y José Cataldino, quienes también habían fundado en la misma zona y el mismo año, la Reducción de Nuestra Señora de Loreto. Hasta hace muy pocos los Jesuitas tenían misioneros itinerantes que pese a funcionar como "punta de lanza" en esta primera incursión en América del Sur, no había arrojado demasiados resultados satisfactorios a la orden religiosa. A partir de entonces se decide fortalecer la labor fundando reducciones, ya que los Jesuitas sentían que habían llegado tarde a todas las posibilidades que significaba el Nuevo Mundo.

El actual emplazamiento quedó establecido recién en 1696, tras haber guiado "río abajo"por el caudaloso Paraná a unos 12.000 indígenas evangelizados por la Compañía de Jesús que buscaban zonas mas pacíficas. Sólo desde entonces lleva el nombre de San Ignacio Miní (la menor), para diferenciarla de San Ignacio Guazú (la mayor), una reducción anterior que también llevaba el nombre de Ignacio de Loyola, un líder religioso español de la Contrarreforma, con pasado militar. Fue fundador de la Compañía de Jesús (los Jesuitas), la que respondía solamente al Papa. En 1622 fue canonizado por la Iglesia Católica, y desde entonces es conocido y venerado como San Ignacio de Loyola.
Durante dos siglos se fundaron desde aquí otras misiones en la zona, pero estas primeras, me refiero a las reducciones de Loreto y de San Ignacio Miní, fueron las únicas que lograron sobrevivir a los ataques de los Bandeirantes, hasta que finalmente fueron destruidas por estos "piratas de tierra" durante las Invasiones Paraguayas de 1817.  La misma suerte corrieron las otras reducciones a manos de estos hombres llegados desde Sao Paulo, el escollo mas serio (junto a algunos belicosos indígenas) a los que tuvieron que enfrentarse los Jesuitas.
A diferencia de muchas, la reducción de San Ignacio Miní nunca estuvo abandonada del todo. Hubo un intento de re población y mas tarde un conjunto de indígenas Guaraníes volvió a establecerse aquí hasta 1821, año en el que fueron los Paraguayos quienes volvieron para asolar lo que aún quedaba de las misiones jesuíticas de la zona.
A lo poco de andar se llega a la postal mas famosa de San Ignacio Miní, que no es mas que una suerte de "arco de entrada" de arenisca rosada, y que resulta ser el sitio mas fotografiado del lugar. Quizás está demasiado intervenido por la mano de los restauradores, pero de todos modos se aprecia un buen ejemplo del Barroco Americano propuesto por los artesanos de la orden religiosa para sus edificios mas importantes, con claras influencias del arte de los sensibles Guaraníes.
Esta era mi tercer visita a las Ruinas de San Ignacio, pero nunca había venido de noche. Las primeras veces probablemente ni siquiera haya existido el "Show de Luces y Sonido" que ofrecen como complemento a las ruinas mas famosas de la provincia de Misiones, pero de todos modos siempre me las había arreglado para llegar con la fresca. Esta vez y ante esta oportunidad (y por que también dormiría cerca), me quedé a ver la caída del sol en este territorio tan Guaraní, a la espera de la oscuridad
Éramos un grupo, no lo recuerdo bien pero supongo que entre todos sumábamos unas 20 personas, o quizás un puñado mas, todos dispuestos y ansiosos por iniciar este show guiado por las ruinas, pero de noche, lo cual sin dudas suma unos porotos a la experiencia.

En la primera parte de este espectáculo de "Son et Lumiere"  son los animadores quienes comienzan a captar nuestra atención por el empeño que le ponen a la tarea que les fue encomendada.
Para mi sorpresa el espectáculo está muy bien montado, con lo que parecen ser (no soy experto) equipos multimedia de primer nivel, con un sonido envolvente e imágenes proyectadas en los muros, a las que sólo le faltan unos anteojos 3-D para hacer una experiencia inolvidable, pero para compensar, la visita puede ser seguida en cuatro idiomas diferentes.
Hay una introducción histórica al sitio por parte de los guías, que para los mas entendidos carece de sustento y veracidad. De todos modos se entiende adaptación que hacen para darle mas valor al sitio.
Sólo a partir de entonces es que el juego de luces y sonido sobre los muros de las ruinas comienzan a tomar parte verdadera de este recorrido. A través de ellos se narra y muestran las costumbres, ritos, tradiciones y modo de vida de los Guaraníes, antes y durante los años en los que estos fueran evangelizados por la Compañía de Jesús.
Este recorrido de cierre de jornada hace sentir especial al visitante, ya que este puede "penetrar" en algunos sitios sólo abiertos para el show nocturno, como los cuartos de los Padres y algunos otros pocos recintos, gracias a las proyecciones nocturnas que complementan la escena.
El resto es puro goce cuando vemos las ruinas del entorno cambiando de color e iluminando con lo justo para dotar de profundidad al conjunto edilicio, y ya que estamos, uno sepa por donde caminar.
Tal como ocurría en la gran mayoría de las misiones jesuitas, la vida se organizaba alrededor de la plaza principal. Es decir, allí estaban sus edificios mas importantes, como la iglesia, el cabildo, la casa de los Padres o sacerdotes, la escuela, los depósitos, las fábricas, talleres, carpinterías o herrerías, e incluso los sitios en donde fabricaban pólvora, costumbre que se repitió en casi la mitad de los reducciones, por pura necesidad de defensa frente a los constantes ataques de los Bandeirantes.
En los márgenes de la plaza principal, en segunda línea o tercera línea (acorde al tamaño de cada reducción) se encontraban las Casas de Indios, construidas en hileras y muchas veces reconocibles por sus galerías dobles. Generalmente este conjunto de casas se encontraban cerca de la huerta, de gran importancia para la subsistencia de este pueblo, cuya dieta era principalmente vegetariana, ya que el consumo de carne estaba estrechamente ligado a los resultados de la caza y/o la pesca. También hay otras construcciones que formaban parte de la misión, y por motivos que desconozco no gozan de la misma protección que el resto del conjunto.
Cabe recordar que los indígenas evangelizados eran muy bien tratados dentro de las reducciones Jesuitas, y tenían los mismos derechos del cual gozaban los españoles. En el caso de los Guaraníes fue mas fácil la evangelización, ya que en su estructura social, estos respondían a un único cacique. Una vez convertidos, o evangelizados, trabajaban como socios de los jesuitas en verdaderas y eficaces empresas agrícolas como en el caso de Estancia Santa Catalina y muchas otras de las cuales fui escribiendo en los tres años de vida del blog.
En el caso puntual de la reducción de San Ignacio Miní, crearon un colectivo agrario en donde el cultivo de yerba mate y las artesanías en madera eran los pilares económicos fundamentales de esta misión que llegó a contar con 4.500 pobladores. También se sembraba batata, maíz, una amplia variedad de porotos (frijoles), zapallo, mandioca y marihuana. Caña de azúcar, tabaco y trigo, cultivos que eran atendidos día por medio, combinando esta con la enseñanza religiosa y otras actividades orientadas al bien común de la comunidad.
El comercio se realizaba entre los habitantes de las diferentes misiones, que sumaban unas 40 en total, y que ofrecían otras mercancías propias a las posibilidades del lugar en el que estaban emplazadas las respectivas reducciones, o aunando fuerzas entre todas para comercializar al por mayor con los establecidos puertos de Buenos Aires y/o de Santa Fé.
Con esta producción se podía mantener en funcionamiento la reducción. Lo mas importante es que cada una de las familias recibía una paga con la cual podían mantener a propios, sus viudos y enfermos, e incluso pagar los impuestos "correspondientes" a la Corona Española (maniobra con la cual los Jesuitas recuperaban parte de las ganancias).
Claro que con los Guaraníes no fue del todo fácil. Si bien eran dóciles, naturalmente agradecidos y talentosos, y fue sencillo convencerlos de las "ventajas" con las que contarían tras su evangelización, ya que  éstos no eran muy afectos al trabajo, y tampoco querían mudarse a las nuevas reducciones. Hasta entonces nunca se habían preocupado por los días futuros, y problemas de esa índole. Solían arreglárselas con lo (poco) que proveían sus antiguos dioses. A cambio los Jesuitas consiguieron un enorme territorio fértil, con miles de aguadas y lleno de recursos de todo tipo en lo que comprenden al menos parte de lo que son Argentina, Brasil, Paraguay e incluso Bolivia, y que supieron administrar hasta que en 1767 fueron expulsados de América por orden de un Edicto Real.
Los Guaraníes (mas de 150.000 para ese entonces) aprendieron también a manejar el ganado con la responsabilidad pertinente que eso implica, por lo que la carne se convirtió en parte esencial de su dieta habitual. Con el paso del tiempo se empezó a juntar un número interesante de ganado bovino, despertando el interés no sólo de los Bandeirantes sino de algunas tribus salvajes y belicosas llegadas desde El Impenetrable en el Chaco, y otras regiones vecinas en donde los Jesuitas no tuvieron el éxito logrado en estas latitudes, probablemente por no practicar la agricultura.
La visita a las Ruinas de San Ignacio Miní (sumado a las ruinas vecinas) es uno de los imperdibles si el destino te trae hasta estos lares. Tras las Cataratas del Iguazú es el sitio mas relevante de la provincia de Misiones. No por nada ambos comparten la distinción de ser sitios Patrimonio de la Humanidad.

miércoles, 20 de enero de 2016

Las ruinas del kilómetro 75

Todavía existen algunas dudas acerca de si en este mismo lugar existió las tantas veces citada y desaparecida ciudad Hispánica de Nuestra Señora de Concepción del Bermejo, pero se sabe con certeza que fue un importante asentamiento de varias manzanas y un muro perimetral que lo protegía.
Las dudas acerca de si este es el lugar que ocupó la ciudad de Concepción del Bermejo surge por la distancia que este asentamiento tenía con el Río Bermejo, único accidente natural notable de la zona, distante a unos 150 kilómetros de este lugar. Para acentuar las dudas, uno de los documentos mas valiosos que se posee dice que el nombre de este lugar era Concepción de la Buena Esperanza. Quizás el agregado de Bermejo es posterior.
Tras andar poco mas de una hora por las picadas del monte espinoso que forma El Impenetrable de Chaco (y de Formosa), más precisamente en la ruta que une las ciudades de Castelli y Tres Isletas, me topé al costado del camino con este conjunto de ruinas poco visibles de las cuales, debo confesar, no tenía idea de su existencia.

Se trata de un asentamiento Español que comenzó a funcionar en 1545 tras ser fundado por Alonso de Vera, y aunque figura en los viejos anales y testimonios de la historia, el territorio nunca pudo ser controlado por los Ibéricos. El nomadismo y la bravía de las tribus indígenas dificultaron la tarea en un lugar que de por si es duro y complicado. De hecho estas tribus destruyen el lugar entre 1631 y 1632. Mientras tanto los Españoles, en otra región alejada de Argentina fundaban El Fuerte del Pantano.
Así y todo, la de Concepción del Bermejo fue la ocupación territorial española mas efectiva sobre suelo Chaqueño. Antes de ser destruida contaba con por lo menos 18 manzanas edificadas en las que vivían mas de 500 personas, sin contar a los indígenas (algunos hablan de hasta 8.000) que eran sometidos a duros trabajos. Se trata del sitio arqueológico mas importante de la provincia de Chaco. Por ello estaría muy bueno que las autoridades provinciales activen este lugar para beneficio de las comunidades cercanas.
Las décadas que siguieron fueron muy duras para los españoles en todo el norte, en especial en Chaco, Corrientes, Santa Fé y en el Paraguay, donde el gobierno había mandado a edificar en 1662 varios fuertes para poder contener el avance de los indígenas, y proteger sus ciudades.
Cuando las tribus indígenas comenzaron a sentirse cómodos con el uso del caballo, ya nada podían hacer los españoles. De hecho los indígenas mantuvieron el control sobre los territorios de El Chaco durante los 200 años siguientes.
Hubo varios antes, como su descubridor Alfredo Martinet. Muchos años tuvieron que pasar, pero finalmente la Facultad de Humanidades de la Universidad del Nordeste concluyó tras casi una década de investigaciones, que las Ruinas del kilómetro 75 corresponden de hecho a la tan buscada ciudad perdida de Concepción del Bermejo, la primera ciudad Hispánica del Chaco, tantos años desaparecida entre la espesura del monte.
Entradas Relacionadas y que te pueden interesar de Chaco: El Impenetrable. Un lugar que no existe

domingo, 17 de enero de 2016

Pisac. Un pueblo vivo del Perú

Písac es uno de los pueblos típicos que se visita cuando se recorre el circuito del Valle Sagrado del Cusco, por donde pasa un buen número de turistas cada año. Se encuentra en la provincia de Calca, al este de la Cordillera de Vilcabamba y a poco mas de 30 kilómetros de la ciudad de Cusco.
Con mi hermana, ocasional compañera de ese viaje a Perú, contratamos una de las excursiones que cada día parten desde la ciudad de Cusco y partimos junto a una docena de personas hacia el antiguo pueblo de Písac. Pese a los esfuerzos del conductor que hacía todo lo posible para dilatar el arribo al pueblo, no tardamos mucho en llegar.
Písac (o Pisaq en Quechua) está divido en dos zonas. Una nueva o moderna, que es el Písac que sigue vivo. La parte de la ciudad en donde aún vive gente en forma ininterrumpida, por lo menos desde la época del Virrey Toledo, quien en 1570 fue responsable de mandar a hacer el plano del pueblo original, construido este sobre los restos indígenas de la población original.
El otro sector es el antiguo de neta arquitectura Inca (como en el caso de Chinchero ), que tenía como en otras ciudades de los Incas, un trazado con la forma de algunos de los animales típicos del Perú. En el caso de Písac corresponde al de una perdiz, cuyo vocablo en Quechua es justamente Pisaq.

En esta parte antigua, en donde actualmente se encuentran las ruinas, es posible admirar paisajes de ensueño y los increíbles trabajos de ingeniería hídrica que utilizaron los Incas para producir alimento. Incluso en lugares como Písac, cuyo emplazamiento no parece ser el ideal. 
Písac es un pueblo que es principalmente visitado por sus ruinas, tal como sucede con Machu Picchu y con las del complejo habitacional y fortaleza de Ollantaytambo , pero quizás el mayor atractivo de esta ciudad no resida (solo) en esa zona arqueológica de considerable tamaño, si no en la atmósfera misma que se respira en este lugar que cambia día a día y sin embargo se mantiene auténtico.
En cierto sentido en Pisac la vida parece ser como siempre ha sido. Aunque el mayor ingreso económico de la ciudad hoy corresponda al turismo, por todo lo relacionado con las cercanas Ruinas de Písac, la mayor parte del pueblo esta compuesta por campesinos que siguen cultivando las laderas, o artesanos que vienen de las comunidades cercanas a vender sus tejidos u objetos.
Hace unos años que Pisaq vive un boom turístico. Son muchos los extranjeros que se enamoraron del lugar y se afincaron en el Valle Sagrado del Cusco. Hoy viven del turismo, y de alguna manera dan un "valor agregado" al lugar, ya sea regenteando hoteles, restaurantes o comercios varios de toda índole.
Es entendible. El lugar es un importante centro arqueológico que carga un aura de magia que no es casual. Según los pobladores, Pisac está dentro de un triángulo perfecto que componen las ciudades de Cusco, Pisac y Piquillacta. Lo curioso es que estas ciudades están a 33 kilómetros de distancia entre sí, y todas emplazadas a 3.300 m.s.n.m.
Como toda gran ciudad Inca que se precie de tal, Písac también tiene su leyenda. Los guías (que son muchos) la repiten una y otra vez a los diferentes grupos de turistas que acercan hasta aquí cada día. La repiten tanto que uno acaba memorizando nombres en Quechua difícil de recordar.
La Leyenda de Huayllapuma cuenta que había una vez en estos valles un Cacique rico, con muchas tierras y una sola hija como única heredera de ese pequeño imperio. Como era una costumbre practicada por culturas anteriores a los Incas se consultaron a un Oráculo quien dictaminó que aquel que pudiera construir un puente sobre el río Vilcamayo, sería merecedor de la mano de la bella Princesa Inkil Chumpi. La tarea parecía imposible.

¿Quien podría llegar a pedir su mano con semejantes pretensiones?
Eso era algo que entristecía y preocupaba a la romántica Inkil Chumpi (que en español significa algo así como "la de Cintura Florida"), pero un buen día fueron varios los que se acercaron a ver de que se trataba el asunto.
Entre esos pretendientes se encontraba el Príncipe Asto Rímac, un joven valiente que aceptó el desafío de construir ese puente en ese lugar en donde parecía imposible unir las dos orillas del río.

El Cacique y los príncipes bebieron y comieron. Como muestra de amor la Princesa había recibido por parte del Príncipe un misterioso pájaro que guardaba los conocimientos mas profundos de la naturaleza.
A cambio tenía un sólo pedido a modo de prueba de amor. La princesa tenía que subir a un cerro cercano sin mirar nunca hacia atrás, de caso contrario ambos se convertirían en piedras.
A la mañana siguiente la Princesa salió a subir el cerro tal como habían acordado con el Príncipe, dejando huellas en el camino para su prometido.
Aquella mañana el pueblo se despertó con un nuevo puente que apareció "como por arte de magia" sobre las aguas del río Vilcamayo, tal como había prometido el Príncipe y pretendiente Asto Rímac.
En el momento en el que el Cacique termina de abrazar al joven Príncipe, como dándole la bienvenida a la familia, la Princesa estaba llegando a lo mas alto del cerro. Claro que la curiosidad pudo mas que una promesa, y cuando se dio vuelta, y tal como se lo había anunciado Asto Rímac, ambos quedaron convertidos en piedras. Las aguas del río desmoronaron el puente llevándose consigo al Príncipe, y la joven Inkil Chumpi, "La Princesa Petrificada" cuya figura aún puede verse en un monolito de piedra que se encuentra cerca de la entrada al pueblo de Písac Colonial.
El Mercado Indio de Písac es el más grande de la zona. Funciona varias veces por semana, siendo el día domingo el de mayor actividad y concurrencia. Para muchos es la razón principal para venir a Písac, pues es un buen lugar para adquirir las típicas mantas peruanas, algo de ropa de alpaca, recuerdos varios, baratijas "Made in China" y artesanías de cerámica que imitan los viejos diseños indígenas.
A sólo 9 kilómetros del pueblo, y "barranca arriba" se encuentra el Parque Arqueológico de Písac con sus famosas ruinas, las cuales se desconoce a ciencia cierta (como pasa muchas veces) el verdadero origen de las mismas. Están conectadas con una serie de caminos pre Hispánicos construidos por los Incas, y se cree que la finalidad del emplazamiento de este lugar, construido sobre terrenos irregulares y a una altura que no es casual, era la de unir las sierras y los valles con las aguas del Océano Pacífico.