domingo, 30 de octubre de 2016

Bañados del Pantano

Salimos desde la ciudad de Aimogasta (La Rioja) a las 9 AM, y a los 10 minutos ya estábamos circulando sobre una pequeña huella por la cual nos internaríamos en esta enorme depresión que comparten (y separa a) las provincias de La Rioja y Catamarca.

Dos de las camionetas vienen con retraso. Los Tucumanos que tuvieron que madrugar y Gaby que está en el pueblo comprando los ingredientes para un locro que se iba a convertir en la pesadilla de los próximos días. Como un cuerpo del Ejército Prusiano dimos inicio a la travesía con puntualidad entrando por un lugar diferente al de mi primera visita, haciéndolo esta vez por las afueras de la localidad de Machigasta. La zona aquí es de un aspecto deplorable y post apocalíptico, con sequedad extrema, árboles muertos caídos y otros aún en pie, con mas de un metro de sus raíces expuestas a las inclemencias del tiempo. En los primeros kilómetros se suma la basura de los habitantes y otra quizás arrastradas por las crecidas de los ríos durante los meses de verano, cuando llueve.
Media hora mas tarde, y siempre comunicados por radio, nos juntamos con el resto del grupo, y tras los saludos avanzamos en fila hacia los Bañados del Pantano.

11.15 AM se pierde definitivamente la huella por la que venimos circulando, y es que el monte la ha desaparecido. Encerrados entre tanta maleza pudimos acercarnos hasta el lecho de un río, pero a lo poco de transitarlo este dejo de ser evidente. Estamos en uno de los límites entre Catamarca y La Rioja tratando de avanzar en sentido norte para llegar, sólo por capricho, a ver un poco del Salar de Pipanaco.
Eso le suma algunas marcas a nuestras camionetas mientras vamos literalmente tumbando árboles muertos y pasándoles por encima. Nos cuesta las primeras encajadas y también pinchaduras. A la postre no tenía sentido seguir avanzando así que volvimos sobre nuestros pasos ya en búsqueda de un lugar con un poco de sombra en donde seguir dándole rienda suelta al lado culinario de nuestros viajes. Así fue cómo a lo poco estábamos bajo la sombra de un algarrobo, con salame, queso con especias, pan fresco y ensaladas típicas de esas que vienen en lata. Un lujo.
Cerca de las 16 horas estábamos llegando al Fuerte del Pantano, sin lugar a dudas el "plato fuerte" de la zona.
En este Monumento Histórico Nacional (desprotegido y descuidado) hicimos un alto para que quienes no habían estado aquí antes puedan conocerlo. Don Eduardo Cinicola aprovecho la oportunidad de sacar a pasear a su nuevo drone (y ocasional copiloto), logrando unas buenas tomas de las alturas de esta zona, con nuestras diminutas camionetas allá abajo y a lo lejos.
Cuando tuve la oportunidad de conocer esta inhóspita zona de la mano de expertos, y con la compañía de nuestro amigo y arqueólogo Aldo Lombardi, no dude en formar parte de la partida. Aldo ya no está fisicamente con nosotros, pero fue él quien nos trajo de vuelta a este lugar, uno de sus preferidos, y al que le dedicó mas de 30 años de su vida. Hoy estábamos metiéndonos en esta zona para brindar todos juntos en su memoria. Para ello esperaríamos un día mas, en el primer año de su muerte.
El Fuerte del Pantano es una antigua construcción de 1632 mandada a construir por el Coronel Jerónimo Luis de Cabrera, nieto del fundador de Córdoba. Su propósito era albergar a unos 40 soldados españoles para defender la zona de las parcialidades indígenas locales. Puedes leer mas de cuando visitamos este sitio el año pasado Buscando la ciudad perdida del Pantano .
Desde el Fuerte del Pantano y con el sol pegando bastante duro nos fuimos hasta un conjunto de médanos (todos marcados y relevados en viajerosmapas.com) en donde no faltaron algunas encajadas, casi cómo a propósito, como para ponerle calor y color al día.
¿Fue todo culpa de la Land Rover Defender? Es probable (y esto lo digo con humor, por supuesto). Fue la primera en encajarse. Al verla en esa posición salí a su rescate sin pegarle una mirada previa al terreno, y a los 5 metros de salir me encajo también. Es entonces Gaby quien sale al rescate de la Defender en su Toyota Hilux SR5. Con trabajo de pala y con el apoyo de las planchas de desatasco la hacen salir. Cuando viene por mi, pega una errada marcha atrás de la que no se puede recuperar, quedando con los ejes cruzados y encajado.
Con dos eslingas atadas intentamos sacar mi camioneta hacia atrás, y al segundo intento era Nacho quien en su Toyota SW4 había enterrado sus ruedas casi hasta los ejes. Tres camionetas encajadas al mismo tiempo.
Desde ahí y con el sol escondiéndose en las primeras nubes del día nos fuimos al médano mas grande del área para treparlo por su cresta y obtener las mejores vistas posibles del lugar (a excepción de las logradas por el drone). Ahí fue Denis el que encajó su camioneta . Con un pequeño empujón la sacábamos hacia atrás, y se ve que los muchachos tienen fuerza, pues luego del esfuerzo grupal habían logrado correr el bumper delantero (paragolpes) desencajado la puerta de la Toyota Land Cruiser, e imposibilitando el ingreso de su piloto estrella.
Como si todo hubiera estado calculado, llegamos en la mejor hora al último destino del día. En el mismo lugar del año pasado, a unos 150 metros de los restos que se conocen como "Iglesia Pintada" y protegidos por pequeñas dunas, armamos nuestro campamento. En ese momento y por un rato soplaba viento y hacía incómoda la tarea del armado de las carpas y otros menesteres.
Con una lona de protección armamos un lindo fuego con maderas resecas que abundan en la zona. Para cuando tiramos la carne al asador, el viento había desaparecido. Estábamos en completa armonía con el lugar bajo un generoso manto de estrellas. Para hacer de esa noche una inolvidable, Denis trajo un costillar, un matambrito, un montón de mollejas excelentemente preparadas, todo eso acompañado por tres ensaladas (de tomate, repollo y mixta) y tantas botellas de vino que temíamos por los días futuros de esta travesía.
Fue una sobremesa bien larga, cargada de risas y anécdotas. En eso vimos una luz rara en el cielo.

martes, 25 de octubre de 2016

La Feria de Simoca

Simoca es una localidad de la llanura deprimida de Tucumán. Tiene menos de 10.000 habitantes y su nombre deriva del Quechua "Shim Mu kay", que significa algo así como lugar de paz, o tranquilo. Puede que esto sea cierto siempre y cuando no se pase por aquí un día sábado, y es que desde hace mas de 300 años funciona la tradicional Feria de Simoca, el mercado mas grande y famoso de la provincia. Tan famosa es su feria que es sede cada mes de julio de la "Fiesta Nacional de la Feria".
Tres o cuatro veces había pasado por la ciudad de Simoca, en el sudeste de la provincia, y a sólo 50 kilómetros de San Miguel de Tucumán, la capital provincial. Esta vez era sábado, y aunque volvía viajando a contrarreloj de una travesía de varios días por las montañas, no quise perder la oportunidad de echarle un vistazo a la que llaman la "cuna de la tradición y del folclore".
Simoca es conocida, además de por su feria, por ser la "Capital Nacional del Sulky", y eso tiene una razón de ser. En Simoca es completamente usual ver sulkys por sus calles cumpliendo tareas de transporte o de carga, pero no como sucede en ciudades sub desarrolladas, si no como símbolo de un pueblo que mantiene las centenarias tradiciones rurales. Los sulkys están adaptados a la geografía local, pues son livianos y pueden superar con sus grandes ruedas los humedales comunes de la zona.

Se fabrican en Simoca en al menos tres talleres. Están generalmente construidos de lapacho u otra madera dura. Se pueden desarmar para la exportación y llevan la marca "Sulkys de Simoca".

A finales de cada noviembre y desde 1980 se realiza la Fiesta Nacional del Sulky, otra fiesta tradicionalista de la ciudad, esta vez con desfile de carros, carrozas, carruajes y sulkys, en un marco multitudinario en donde pasarla bien parece ser la premisa.
En la Feria de Simoca hay decenas de parrillas o comederos en donde degustar la gastronomía local, que en Tucumán existe, y no sólo por sus empanadas. A este tipo de lugares aquí le dicen "Ranchos", y al menos durante las fiestas nacionales tienen precios idénticos para los platos típicos.
Desde tempranas horas de la mañana, el humo de las parrillas llama y abre el apetito de los visitantes y locales, mientras se cuecen a las brazas diferentes tipos de animales ¿Quien no se comería una porción de cabrito, aunque fuesen las 9 de la mañana?
En puestos muy bien organizados, y como sucede en este tipo de mercados utilizados por los locales, es posible acceder a una oferta muy completa de frutas (algunas pocas raras) y vegetales, aunque lo que mas abunda, como siempre en el NOA son las hortalizas.
No todo huele a humo en Simoca. El olor a carne asada se confunde en algunos pasillos con el de alguna garrapiñada de maní, o el aroma de las especias, que me recordaba a los mercados de Marrakesh pero sin el hastío constante de los vendedores.
Como en tantos mercados del mundo las baratijas fueron ganando su lugar. En Simoca se consigue de todo. Desde esas pomadas mágicas que curan los hemorroides, corrigen el pie plano y sacan el dolor de garganta hasta juegos completos de vajilla, pasando por películas truchas, artesanías en madera (bateas, cucharas y platos) y equipos de audio con calcomanías en sus parlantes alertando de su feroz potencia.
Algunas cosas se consiguen en pocos lugares del noroeste argentino o solamente en la Feria de Simoca, como los arropes de algarroba, chañar, misto o de tuna (dulce o jarabe sin agregado de azúcar) usados desde tiempos precolombinos, los rosquetes y también los cigarrillos de chala de maíz, tal como los fumaban en el siglo XIX, o sea hojas de maíz envueltas con hojas de tabaco a veces perfumada con cáscara de naranja o anís.
El siglo XXI le cambió la cara a la Feria de Simoca para bien y para mal. Antiguamente era una feria del campo para el campo, y mucho de eso se perdió, aunque en los pasillos centrales aún es posible encontrar lazos de cuero, rebenques, cinturones o algún par de botas. En este aspect esperaba mas de la Feria de Simoca.
Como contrapartida la Feria de Simoca ha recibido mejoras para albergar una mayor cantidad de puestos y recibir a las 20.000 personas que en promedio llegan aquí cada sábado, resultando en una importante fuente de ingresos para los habitantes de la comuna.
Apenas un sábado de primavera en la localidad de Simoca y el calor ya aprieta. Unos grados mas y derrite los "Pasteles de Novia", esas tortas con esos colores tan particulares también vistas en otros mercados de Bolivia y Perú.
Se trata de una receta de origen sirio a base de pollo acompañado por huevo, una gran cantidad de azúcar, duraznos o damascos, cebolla, canela, vino blanco y clavo de olor. Se servía a temperatura ambiente (y sigue sirviéndose) como plato principal en los casamientos de los mas humildes.
Puede que Simoca base su economía en el cultivo de la caña de azúcar, como tantas otras localidades de la provincia, pero cuando alguien la recuerda es por su feria, sus gauchos o los sulkys.